Últimamente escucho un reclamo desde la tribuna femenina que esta semana me ha llegado a ensordecer: Las mujeres no pedimos mucho, nos conformamos con un poco de ADULTEZ.Parece que entre los varones esta es una virtud en decadencia.
Claro que la eternización de la adolescencia afecta a toda la gente, no distingue sexo, pero en el hombre hay como una especie de visto bueno, generalmente avalado por mamás (mujeres) y por novias.
Hoy veremos en particular a un grupo de muchachos: los que juegan al papi. Horror en puerta.
Estos señores se juntan todos los, digamos, miércoles. Después del trabajo, en unas horas sagradas, que no cambiarán por nada del mundo, así estemos agonizando en nuestro lecho de muerte. Dios mío, que feo un novio así.
Y juegan. Como si nosotras nos juntásemos con nuestras Barbies a jugar todos los viernes. Se enojan, se pelean, se gritan, se enojan con el referi, se patean, se ofenden, juran no volver más, vuelven, festejan. Hasta toman Gatorade, como atletas consumados. Juegan. A que son Franchéscoli, a que le sacan fotos, a esas cosas de chicos.
Y después, a la parrila. Asado, vino, fernet, risotadas.
Luego, no digo todos, pero muchos a La casita Azul.
Y volver medio mamado, desmayarse en la cama, y a aguantarlo roncando. Dios, después dicen que la soledad es mala compañera.
